Nº 4061

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Lunes 14 de Octubre de 2019


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Elogio de la procacidad

Antonio Moya Somolinos

Sábado 11 de Abril de 2015





Tengo que reconocer que desde pequeño me gustaron los tacos. Quizá porque para la mayoría de los mayores eran palabras prohibidas, en concreto para los religiosos del colegio en que me eduqué. Para un niño como yo era especialmente divertido decir y repetir “caca, culo, pedo, pis”; y unos años después, otras un poco más “subidas” como “coño, puñeta, joder”.

Esa afición infantil que a los niños no nos era permitida, incluso por adultos que la practicaban, para mí, que siempre me lo he cuestionado todo, llegó a ser en determinado momento una cuestión de sentido común: Fuera del insulto, que lógicamente es censurable por cuanto ataca a la dignidad de los demás, ¿cómo es posible que haya personas que proscriban gratuitamente determinadas palabras simplemente porque a ellos o a no se sabe quién les suenan mal? Y más aún: ¿Cómo es posible que esas personas ejerzan una verdadera tiranía del lenguaje hasta el punto de descalificar, insultar y vejar a quienes las pronuncian o escriben, vulnerando flagrantemente la libertad de expresión por la cual los demás tienen derecho a expresarse libremente, siempre que no insulten, empleando las palabras que les salga a los cojones sin tener que pedir permiso a los demás?

Por eso, porque me gusta el lenguaje grosero, y porque me gusta todavía más la libertad—la de los demás, pero la mía también—es por lo que me parecen aberrantes esos ataques a la libertad de expresión por la que algunos pretenden a la fuerza uniformizar el lenguaje de los demás a su capricho y obligarnos a que nos expresemos a su gusto.

Mal me parece una educación infantil en la que abunden las expresiones “niño, no hagas esto; niño, no digas eso” sin un razonamiento sobre los por qués de no hacer o decir tales expresiones. Pero pretender aplicar esa práctica a otras personas adultas que no tienen respecto a nosotros ninguna ligazón de obediencia, eso es ya intolerable, como intolerable es la proscripción irracional de determinadas palabras de la lengua castellana cuando ni siquiera la Real Academia Española de la Lengua tiene autoridad para proscribirlas porque los de la Academia son los primeros en saber que el lenguaje es algo vivo y porque—abundando más—la propia Academia reconoce como integrantes de la lengua española de pleno derecho una muchedumbre de palabras soeces.

He hablado de proscribir. Quizá haya quien no sepa en qué consiste este verbo. En la época de la república romana el procedimiento de proscripción consistía en que la autoridad romana inscribía en una lista pública las personas declaradas fuera de la ley, lo que suponía que todos los demás ciudadanos quedaban automáticamente habilitados para matarlos cuando y como quisieran, además de que quedaban confiscadas todas sus propiedades para posteriormente ser sometidas a subasta pública. Plutarco habla de todo esto en sus “Vidas paralelas”.

El acto de proscribir palabras, al que con derecho se creen algunos sujetos, y de desacreditar y humillar a quienes las emplean, es de la peor calaña. Con razón y con fuerza la Constitución Española, en su artículo 20.1 defiende el derecho a la libertad de expresión manifestando que “se reconoce y protege el derecho a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción”, y añadiendo, para que no haya duda, en el artículo 20.2 que “el ejercicio de este derecho no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa”.

Sin embargo, en el alma de muchos españoles hay un censor en potencia, más vigilante del comportamiento de los demás que del propio, dispuesto a ver la mota en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio, dispuesto a insultar a todo aquel que diga palabrotas y no reconocer que esos insultos pueden ser delito de calumnias o injurias.

Me gusta el lenguaje soez, no porque crea que es literariamente de más calidad por el mero hecho de utilizar palabras gruesas, sino porque creo que el lenguaje español—el castellano—tiene una fisonomía tal que, a diferencia de otros idiomas como el francés, adquiere más plasticidad y fuerza si sabiamente se acude al taco y a la metáfora soez. Tampoco la ausencia de palabras gruesas provoca automáticamente la calidad literaria de un texto en español. Es una cuestión de musicalidad del lenguaje que en el caso del español alcanza su rotundidad y su fuerza—y su originalidad—cuando se emplean palabras soeces. No olvidemos que el lenguaje de un pueblo expresa de algún modo el alma de ese pueblo. No somos franceses, ni ingleses, ni alemanes. Somos españoles y hablamos español. No hablamos un español a la francesa, sino español-español. Un taco bien dicho o escrito requiere un larguísimo párrafo explicativo si el oyente o lector es un francés. Si el lector es español, lo entiende a la primera, sin necesidad de explicaciones.

Los que denuestan el lenguaje soez en defensa de una pudibundez mojigata suelen acudir a plantear que dicho modo de expresión es propio de arrieros o taberneros, o en general, gentes presumiblemente de poca cultura. Eso es un tópico simplón, porque los arrieros o taberneros, si no tienen cultura, no es por llevar a cabo determinada profesión, sino sencillamente por no tener cultura, independientemente de la profesión que tengan, a lo que hay que añadir que el dominio del lenguaje soez requiere una gran cultura lingüística, pues quien no domina el lenguaje, da igual la profesión que tenga, simplemente es un inculto, sea arriero o ingeniero, y se le hace tan difícil expresarse correctamente tanto si emplea tacos como si no.

La importancia del lenguaje soez viene avalada por un sinfín de ejemplos literarios que dan fe de ello. En el prólogo al “Diccionario del Argot Soez” Luis María Anson menciona lenguajes soeces ya desde el año 785, y no precisamente de camioneros o arrieros, sino del mismísimo Beato Liébana, apuntando la necesidad de un estudio más científico del lenguaje soez por representar este de un modo verdadero el sentimiento del pueblo español.

Famosísimo y de un prestigio inigualable es el “Diccionario Secreto” de Camilo José Cela—yo lo tengo—en el que el tomo primero está dedicado por entero a la voz latina “coleo-coleonis”, que para los incultos que no saben latín les diré que significa “cojones”, es decir, el modo como los romanos de hace veintiún siglos se referían a los güevos, cataplines, criadillas, genitales, bemoles, aceitunas, atributos, bolas, huevos, paquete, pelotamen, pelotas, perendengues o timbales. Porque aunque esos pudibundos y puritanos del lenguaje no lo sepan, los romanos también tenían su lenguaje grueso y soez, como nosotros; que los tacos no son de anteayer y la humanidad siempre ha tenido necesidad de decir las cosas en tono más fuerte, de modo que siempre ha tenido a mano las palabras adecuadas para ello.

No me explico como hay gente empeñada en proscribir la palabra “cojones”, la más utilizada de la lengua castellana, la de más acepciones, la utilizada en más figuras literarias, la de mayor contundencia expresiva, la más rotunda, sobre todo si la emplea una mujer.

A mí la gente que se escandaliza con el uso de expresiones soeces me recuerda al cardenal Segura, de nefasta memoria, que se dedicaba a excomulgar a quienes fueran a bailes en los años cuarenta de la pasada década. Pienso que este señor ha hecho más daño a la Iglesia que todos los rojos juntos porque hizo odiosa la moral católica. De la misma manera hay gente que sostiene que el empleo del lenguaje soez va contra la moral, con lo que se equivocan de plano y se erigen en falsos doctores. Será una inmoralidad el insulto o la blasfemia por cuanto suponen de ofensa a la dignidad del prójimo o del mismo Dios o las cosas santas, pero fuera de esto, el lenguaje procaz o soez no supone ningún tipo de inmoralidad por cuanto no ofende a nadie, y nadie tiene por qué sentirse ofendido por el mero ejercicio de la libertad de expresión de otros. Si no les gusta, que miren hacia otro lado, que oigan hacia otro lado o que dejen de leer lo que están leyendo, pero que respeten la libertad ajena y no nos aturdan con moralinas ñoñas, propias de beaturros y tragasantos.

Noto—gracias a Dios—que incluso entre las monjas se van perdiendo esos prejuicios que antaño las describían santiguándose apresuradamente varias veces y diciendo piadosas jaculatorias cada vez que sus castos oídos escuchaban un tacorro. Afortunadamente conozco monjas hoy día que no tienen ni un pelo de camandulería. Quizá ellas personalmente no digan tacos, pero no hacen mohines cada vez que los oyen. Efectivamente, para ser consagrada o religiosa no hace falta poner cara de gilipollas cada vez que se escucha un palabro. Ser religiosa es mucho más que eso. Quienes se quedan embarrancados cada vez que oyen un taco, demuestran ante todo que son unos superficiales, amén de unos intolerantes y meapilas.

Decía antes que la literatura española está llena de escritores que han acudido a esas palabras fuertes que hacen del español un lenguaje recio y vibrante. Dámaso Alonso, en la dedicatoria del Diccionario Secreto de Cela decía que “hay que tratar abiertamente esta cuestión y sin remilgos de pudibundez (se refería a la palabra cojones). Imaginad qué pasaría en medicina si los médicos negaran atención a muchas inmundicias físicas y morales que tienen que considerar”. Autores como Cervantes, Quevedo, Mateo Alemán, Delibes, Cela, Larra, Valle Inclán y Umbral, por citar a algunos de primer orden, han utilizado el lenguaje soez con soltura. De entre otros más contemporáneos podemos citar a Antonio Burgos, Arturo Pérez Reverté, el fallecido Jaime Campmany o Juan Manuel de Prada.

Quiero referir una anécdota vivida por mí con uno de estos escritores, concretamente con Camilo José Cela. Era yo estudiante de arquitectura en la Escuela de Madrid allá por el año 1980. Nuestro catedrático de proyectos era el inolvidable Javier Carvajal Ferrer, a quien se le ocurrió plantearnos un ejercicio de curso consistente en proyectar una vivienda unifamiliar para Camilo José Cela, y como si de un encargo real se tratase, invitó a la escuela al referido escritor para que nos explicara a los alumnos el programa arquitectónico de una supuesta vivienda en la que él fuera el cliente, así como sus preferencias de diseño, presupuesto disponible y demás cuestiones que una persona suele plantear a un arquitecto en casos similares.

Nosotros, estudiantes algo gamberretes y con ganas de cachondeo, acudimos a esa especie de tertulia con “el Camulo” esperando oír de él todo tipo de burradas verbales pero dichas con arte, dada la fama de Camilo José Cela de no inhibirse ante supuestas palabras repudiadas del lenguaje. Sin embargo, nos llevamos una gran desilusión porque no pronunció en toda su exposición ni un solo taco, lo que indica que el uso de estas palabras es como el de las demás, y a un buen escritor no le produce complejo ni el emplearlas ni el no emplearlas pues no es el empleo de ellas ni su contrario lo que hace bueno o malo a un escritor.

De entre todos los escritores mencionados anteriormente podemos advertir que unos son más educados que otros, lo que demuestra otra falsedad de los pudibundos de la expresión oral o escrita, que pretenden asociar el uso del lenguaje soez a una supuesta mala educación de quien lo practica. Juan Manuel de Prada, persona educada donde las haya, sostiene que “este vergonzante temor a llamar a las cosas por su nombre, manifestación blandengue de la represión verbal, está cristalizando en expresiones pedantuelas o irrisorias que convierten nuestro idioma, antaño tan colorido, en una aséptica máquina de fabricar eufemismos”.

Es ahí donde, para mí, ejerce una importancia grande el taco o la palabra gruesa, frente al eufemismo. Los cojones son cojones, no “las partes”; cagar es cagar, no “hacer aguas mayores”. A ver si hablamos claro, coño. Y en vez de decirle a alguien que es nuestro deseo que comience a dar pasos de modo que la distancia entre su cuerpo y el nuestro sea cada vez mayor, lo que le podemos decir, para que lo entienda correctamente, es que se vaya a tomar por culo.

Aparte de todo cuanto he dicho en esta apología de la procacidad, pido por un momento al lector que considere libre de prejuicios las palabras gruesas en sí mismas y no podrá menos de convenir conmigo que el taco es bello. Por eso a los niños les encanta oír o decir palabrotas, porque no están mediatizados como algunos adultos reprimidos. Lo soez es bello, porque es una exageración exorbitante, genial, imaginativa. El taco tiene una prodigiosa musicalidad. La variedad de tacos y palabrotas de las distintas regiones de España es maravillosa, divertidísima, rebosante de libertad y de ingenio. Y si los tacos los dice una mujer, eso es algo sublime porque contrasta más con ese tópico de sexo recatado y apocado que todavía está en los rescoldos de nuestro peor pasado. ¿A quién no le gusta una mujer con dos cojones? (o con dos ovarios, según se mire).

Pienso que la prevención crítica frente al lenguaje procaz también depende de la edad. Recuerdo que mi madre me echaba grandes reprimendas cuando yo era pequeño y soltaba algún taco en casa. Ella entonces tenía cuarenta y tantos años. Sin embargo, cuando ya tenía noventa, recuerdo que los tacos, por el contrario, le hacían mucha gracia y le parecían una especie de gamberrada divertida ante la que reía con complicidad. Se ve que los años le habían hecho ser tolerante y discernir el mal moral de una simple gamberrada, divertida en si misma, feliz hipérbole idiomática, que se capta si se es inteligente. En una palabra, con los años, mi madre había ganado en objetividad, en saber distinguir lo esencial de lo que no lo es.

Creo en las pasadas líneas haber expuesto sucintamente mis motivos a favor de la procacidad. Como siempre que defiendo alguna idea, lo hago con vehemencia, es decir, poniendo los cojones encima de la mesa, porque pretendo convencer a mi interlocutor o lector. Quede claro, no obstante, que no pretendo imponer mi criterio a los que opten por un lenguaje modosito, digno de un comunicado políticamente correcto de un partido también políticamente correcto. Que cada cual emplee el lenguaje que desee, esto es, el que le salga de los cojones (o de los ovarios, según se mire).

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Parece que la ruteña Ana Burguillos sigue erre que erre dándole a la tecla, aunque se advierte en su última misiva que está un poco hasta los cojones de este deporte pues dice que da por finalizado el tema. No se da cuenta de que para que el tema quede finalizado deberá contar con mi opinión, ya que este es un tema proindiviso, y mi opinión es esta: Debido a que ella ha escrito dos misivas y yo solo una, lo razonable es que el tema quede finalizado cuando yo emita mi segunda misiva, porque entonces estaremos empatados a dos. Y mi segunda misiva es esta, salvo que ella siga con el deporte del pim pam pum y emita una tercera, en cuyo caso yo haré lo propio.

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