Nº 3972

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Miércoles 17 de Julio de 2019


ISSN 1982-1601


Nada revela tan seguramente el carácter de una persona como su voz.
(Disraeli)

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Con nombre propio


Puente de plata

Antonio Moya Somolinos

Sábado 4 de Abril de 2015





En cierta ocasión me contaron la anécdota de un notario insoportable a quien sus empleados tendieron una trampa consistente en redactar un escrito de petición de traslado y ponérselo a la firma entre otros muchos documentos que tenía que firmar. Debido a la cantidad de documentos que esperaban su firma, el fedatario no tuvo la precaución de leerlos todos. Quizá no leyera ninguno, o los leyó en diagonal, por lo que estampó su firma en el fatídico documento sin percatarse de su contenido. Con la rutina habitual, los empleados de la notaría recogieron el paquete de papeles firmados y los distribuyeron a sus destinos, incluida la petición de traslado. Al cabo de cierto tiempo, al notario le llegó la noticia de su remoción, lo cual le extrañó, y al pedir explicaciones a la superioridad, le contestaron diciéndole que esta se había remitido a tramitar la petición que él mismo había formulado. Ante la incredulidad del notario, le mostraron la instancia firmada de su puño y letra y el resto del expediente, totalmente correcto. En una palabra, que el insoportable notario se fue a tomar por culo entre el regocijo de los empleados, que respiraron tranquilos al verle desaparecer por la puerta.

Pero no voy a hablar aquí de notarios sino de secretarios de ayuntamiento, y en concreto, del de Cabra.

Aunque no conozco bien los mecanismos de provisión de plazas de secretarios e interventores municipales, parece que son similares a los movimientos de piezas de dominó, de modo que la caída de una provoca en cadena la caída de otras. Al parecer, al secretario de Montilla le ha acontecido ser desplazado por alguien con mayor puntuación que ha pasado a ocupar esa plaza. A su vez, el secretario de Montilla,  con mejor puntuación o más méritos que el de Cabra, ha desplazado a este, el cual ha salido disparado a un pueblo pequeño de Ciudad Real de unos 600 vecinos, cuyo nombre, no es que no quiera acordarme, es que no lo se. Total, que tenemos secretario nuevo y el anterior se ha ido a “un lugar de la Mancha”.

Al nuevo le damos la bienvenida…a la vez que prácticamente todos hemos respirado hondo al perder de vista al anterior secretario, a quien hemos estado soportando durante casi dos años que han parecido interminables; un tiempo en el que este señor ha conseguido encrespar a todo aquel con quien se ha relacionado, y tras el cual se marcha a la Mancha sin dejar por estas tierras ni un solo amigo.

Gran fracaso, a mi modo de ver, irse ayuno de amigos, porque a la postre, lo que interesa en cualquier tipo de trabajo son las personas, y porque, respetando la legalidad, por supuesto, lo mejor de los expedientes administrativos es la riqueza personal que podemos ofrecer o adquirir del trato con los demás, cuya materialización señera es la amistad.

Hay servidores públicos que entienden la amistad como un sinónimo de corrupción. No conciben que se pueda dar una amistad sincera entre un funcionario y los administrados si no es por motivos delictivos inconfesables. Tan equivocados están como los que sostienen que es imposible que un funcionario pueda mantener su independencia y a la vez tener amigos entre los administrados.

Entre estos últimos está el secretario saliente de Cabra, en cuya cabeza no cabe la posibilidad de admitir la buena fe de los administrados, de quienes habitualmente siempre ha pensado lo peor y a quienes ha tratado siempre de la peor manera posible, exigiéndoles un rigor legal que él mismo no ha estado dispuesto en ningún momento a aplicarse a sí mismo.

A pesar de su condición de treintañero—o quizá más bien por eso—la prepotencia y sabiondez de este sujeto han sido el martillo insoportable con el que este individuo nos ha estado machacando durante su estancia en este municipio, sin dar opción a criterios que no fueran el suyo, pretendiendo “gobernar” sus estados desde la burbuja de su despacho hasta el punto de ignorar, no solo a las gentes de Cabra y a su idiosincrasia, sino incluso la materialidad de las calles que rodean el edificio del ayuntamiento, desconociendo todo el espacio material del núcleo urbano a excepción de los pocos pasos que llevan de la puerta del ayuntamiento hasta donde dejaba el coche, y el itinerario que lleva desde donde aparcaba el coche hasta la salida del pueblo, desde donde habitualmente cogía la carretera que le llevaba a su domicilio en Málaga.

“De fuera vendrán que te harán bueno”, dice el refrán. Sin embargo, el secretario saliente, de bueno solo tiene el nombre y no creo que, salvo esto, nadie le haga bueno tras su marcha. No hay nada de él que añorar, nada que echar de menos. Su paso por Cabra en el mejor de los casos será un vago recuerdo a olvidar lo antes posible, como si nunca hubiera estado por aquí. Sin pena ni gloria. La ausencia de gloria se la ha ganado a pulso día a día; y la ausencia de pena no es tal porque haya pasado por aquí haciendo el bien a los demás, sino porque la gente, en general, es buena, y tiende a olvidar los ratos malos pasados, aunque solo sea porque vivimos dos días y no compensa amargarse la existencia más de lo preciso, aunque haya tipos como el secretario saliente con vocación de amargar la vida al prójimo sistemáticamente.

En los pocos días pasados desde que se fue, nadie ha hablado absolutamente nada de él, todo en el ayuntamiento ha sido un “borrón y cuenta nueva”. Sus modales inquisitoriales al hablar, su permanente cara de susto y sus monsergas, todo ello ha sido formateado en el ambiente municipal. En este ayuntamiento hemos pasado a vivir como si este señor nunca hubiera existido. Quizá dedicarle estas líneas es una excesiva atención que no me perdonarán mis compañeros.

El pasado 26 de marzo, cuando saltó la noticia de su traslado había una alegría manifiesta en las caras del resto de los funcionarios. También muchos administrados recibieron festivamente la noticia. Me consta que alguno estaba ya preparando acciones penales contra él. Es lógico que haya quien se revuelva cuando le pisan un callo; no digamos cuando le tocan los cojones. Quizá ese traslado inesperado haya venido bien a todos, incluso al propio secretario saliente, pues había quien ya había decidido pasar al ataque. Nunca se sabe cuando hay quien se salva por la campana.

Mal futuro le auguro como no cambie, como no sea un poco más humilde. Sin humildad no se puede ir por esta vida. No es una cuestión de táctica, sino de convicción profunda. Aquí no se ha llegado a estrellar, pero en alguna parte se estrellará. Un tipo tan inaguantable como él no tiene largo recorrido. Quien a espada hiere, a espada termina muriendo, tarde o temprano. De momento, que se tranquilice un poco en la Mancha, en esas llanuras interminables y pobres. Quizá esos desiertos le inviten a meditar en la levedad de la vida, como a los grandes místicos.

Como me imagino que en el ayuntamiento de un pueblo de 600 habitantes no tendrá prácticamente nada que hacer, salvo tocarse los cojones a cuatro manos, quizá tenga la inspiración, a falta de expedientes, de leer el Quijote. No le vendría mal por cuanto es una verdadera escuela de la vida de la que él, aunque no lo reconozca, tiene tanto que aprender. Al menos quizá aprenda del inmortal Cervantes que el mundo no se agota en un Boletín Oficial del Estado mal aprendido, o que las personas no se dividen en buenos y malos siendo él el único Bueno y los demás gente perversa y despreciable, únicamente digna de un expediente sancionador, cuando no de la horca, la hoguera o la guillotina.

Larga vida deseo al “bueno” en la Mancha, así como que permanezca muchos años allí, y lamento profundamente que Siberia o el Círculo Polar Ártico no caigan bajo la jurisdicción del Estado Español, porque de lo contrario en esos lugares se le abrirían insospechadas posibilidades profesionales, ya que así podría disfrutar cantándole las cuarenta a las especies vegetales endémicas de las estepas rusas o a los osos polares de esas planicies heladas. Y en el caso de que haya pingüinos, también a los pingüinos. Que nadie se quede sin oír las aseveraciones legales de este portento de la ciencia jurídica.

El día 27 de marzo fue su último día de “servicio” en Cabra. El alcalde invitó a tomar una cerveza a quien quisiera al final de la mañana para despedir al secretario saliente. Era algo “obligado” desde un punto de vista protocolario. No fue casi nadie; quizá algún listo, a beber cerveza gratis. Hay quien se apunta hasta a un entierro. Cuando ese día salí del ayuntamiento al final de la mañana, me pareció ver un puente de plata desde la puerta de la casa consistorial hasta la puerta del coche del secretario saliente, que estaba aparcado a unos 20 ó 30 metros del edificio. Envié a un propio a preguntar cual era el motivo de aquello, el cual volvió a los dos minutos con una papeleta en la que se me calificaba de “suspenso” en la asignatura de Refranero Español. 

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